El bar, 50 años después

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fede-gallardo-madrid1945Ya habían pasado las 9:17 hs. El sol pegaba de costado, en dirección en la que nace y, de eso, no habían pasado más de dos horas. El lugar tenia la luz de una típica mañana otoñal. Piso de madera. Muebles viejos pero rejuvenecidos gracias a la mano de algún carpintero de la zona. Ventanales grandes. Una barra en forma de L.
Una puerta pesada, vieja, e inolvidable le da el primer puntapié al viejo para indicarle que la puerta que esta por atravesar es familiar. El viejo la miró detenidamente, como quien mira la repetición de un gol mal anulado para corroborar que no fue offside. Se acuerda de esa puerta, hace muchos pero muchos años, la había abierto. Los años pasaron para él, para la puerta también, pero ella corría con ventaja. Tenía como amante a algún carpintero de la zona que la rejuvenecía cada 10 años.

El viejo entró. Su memoria retrocedió unos 50 exactos años. Su cabeza y sus sentidos le confirman que había estado ahí. Muchas cosas se habían modificado de lugar, pero la esencia era la misma. Ya no estaba la camiseta del Real Madrid, ni tampoco la del Atlético. El cuadro de un tal Cristiano Ronaldo, un gran jugador de aquella época, había sido sustituido por un apellido difícil de transcribir. Tampoco estaba la camiseta azulgrana de una de las grandes leyendas de la historia del fútbol, que portaba la 10 y su apellido era corto como su gambeta: “Messi”. El bar había perdido todo tipo de propiedad futbolera, razón por la que el viejo, 50 años atrás, lo había elegido para sentarse a tomar un café durante todas las mañanas de su estadía. Se había convertido en algo neutro, ni muy muy ni tan tan, ni fu ni fa. Se había convertido en algo difícil de explicar.

El viejo miró atrás. De tanta nostalgia, había olvidado que viajaba acompañado, había dejado a su mujer (dos años mayor) afuera. Estaba parada, con sus características piernas flacas ocultas por una falda larga, mirándolo fijo, como disfrutando de la escena en la que su marido ingresaba al mar de recuerdos. El viejo desde adentro le hizo una seña, y bastó para que ella abra la puerta que algún carpintero de la zona había rejuvenecido hace unos años. Eligieron la misma mesa en la que él, 50 años atrás, había usado para tomar un café durante todas las mañanas de su estadía.

Él con 76 años, mantenía la misma sensibilidad para afrontar la vida que 50 años atrás. Se sentó, apoyo su bastón de madera, heredado por su padre, en la silla y rompió a llorar. Las emociones eran muchas. Había permanecido en tierras Madrileñas 6 exactos meses que le habían cambiado la vida. Había tenido una experiencia inolvidable, con un compañero de la vida que hoy, 50 años después, sigue viendo gracias al habito que los mantiene vivos: sus religiosos mates de las 18 hs.

El viejo seguía llorando, eran lágrimas de nostalgia. Las emociones eran muchas. El bar le traía innumerables recuerdos de aquella época. Porque la había peleado, como sus viejos lo habían hecho para ganarse el pan toda su vida, él había luchado para hacer ese viaje. Porque había dejado muchas cosas atrás, había ahorrado durante mucho tiempo, en un país que entraba en default y se mantenía (como gran parte de su historia) cerca del colapso económico, político y social. También había vendido su auto, que apodaba “La Nave”, un Ford Taunus de 1982 automático, que era conocido como SU auto, y en sus pagos lo reconocían por su carrocería blanca. También había dejado un trabajo, en el cual había estado algunos años y no le era fácil abandonar ese barco, sobre todo por los vínculos que había creado. Dejaba a su perro que, creo, fue una de sus mayores dolencias. Dejaba, también, a su novia de aquella época, con sus características piernas flacas, debajo de una falda un tanto más corta que la anteriormente mencionada.

No había sido fácil para él abandonar todo eso.

No había sido fácil.

Después de romper a llorar, sacó de su bolsillo derecho un pañuelo con sus colores más preciados (azul y amarillo), sonó su nariz, secó sus lágrimas. Y soltó por el aire con voz entrecortada, ronca y nostálgica:

“Qué lindo viaje hice, hace 50 exactos años”.

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