Primer post. Abril 2012.

Perdí el juego: confesiones de una adicción silenciosa

Primer post. Abril 2012.

Primer post. Abril 2012.

Perdí el juego.

El que creía que ganaba por goleada.

Lo perdí.

Abril de 2012. Primera foto subida a Instagram. Primera vez que instalaba la aplicación en el teléfono. Y ahí quedó, en el acceso más rápido de mi pantalla de inicio durante 14 años. Fue la aplicación que, con el tiempo, se transformó en un estilo de vida.

Hacer algo divertido, distinto, fuera de lo normal, y compartirlo empezó a ser costumbre. Momentos, paisajes, recitales, silencios, lecturas. Siempre había una buena excusa para “subir contenido”. Hasta que todo empezó a volverse una dinámica un poco enfermiza.

Con el paso del tiempo, era más importante abrir la cámara para captar la mejor imagen posible que disfrutar lo que realmente estaba viviendo.

 

¿Para qué?

¿Para demostrar qué?

¿Qué buscaba en el otro que no estaba en mí?

¿Validación? ¿Aplauso? ¿Identidad?

 

Subo esto para que sepan que soy así.

Subo aquello para parecer profundo.

Subo lo otro para sentirme aprobado.

 

Y la costumbre se fue convirtiendo en enfermedad.

Estar pendiente de quién me ponía “me gusta”.

Quién comentaba.

Revisar los minutos posteriores a publicar algo y, según la cantidad de interacciones, decirme: “este post va a ir bien”. Y mi día cambiaba.

Pero si no pasaba nada… ¿quién era?

¿Quién soy sin la aprobación del otro?

¿Quién es Fede cuando nadie aplaude?

 

El teléfono siempre en la mano, por si algún momento “valía la pena” compartirlo u que el otro piense lo “bien” que está Fede. Revisarlo en los semáforos para ver si llegaba ese momento de gloria que me hiciera “ser viral” pero nada… Años así.

 

Después llegó la música.

¿Qué canción pongo en la storie para que me validen?

Publicar… y deslizar para arriba para ver quiénes eran los primeros en “verme”.

 

Compararme con otros.

Mirar sus seguidores.

Ver cómo crecen mientras yo me quedo igual. O peor: bajo.

 

¿Quién soy?

¿Por qué me pasa esto a mí?

¿No le gusto a la gente?

¿Lo que tengo para dar no interesa? ¿Por qué aquel llegó tan rápido a los 50.000 seguidores?

No quiero más… ¿Y si apago todo esto?

 

“Bueno, pero necesito las redes para conseguir clientes…”

“Es clave que pueda decir lo que tengo para decir…”

“Pero qué pocos me ven…”

 

¿Y si pago publicidad para que más gente me vea?

Para que más gente… me vea.

 

Ufff.

Cómo duele caer en la realidad.

Aceptar que tengo un problema con la necesidad de ser visto.

Aceptar que perdí el juego.

Y que ahora toca validarme por mí mismo.

 

Mi verdadera autoestima tiene que ver con lo que me digo yo.

Mi versión más narcisista depende de lo que digan de mí.

Y esa versión estuvo al mando durante mucho tiempo.

Lo acepto.

 

Hace tres días eliminé las redes del teléfono.

El tiempo de pantalla bajó de 4 horas promedio a 50 minutos.

Una leve paz empieza a recorrerme.

Como si me hubiera liberado de algo.

Llego a un semáforo y el impulso de agarrar el teléfono sigue intacto. Reels, notificaciones… el cuerpo lo pide. Pero, por suerte, la mano ya no llega.

Y ahí me doy cuenta de lo enfermo que estaba.

Me da asco ver la dependencia que construí.

 

Aflora en mí una necesidad profunda de alejarme un tiempo de este mundo digital que no tiene nada que ver con mi verdadera identidad.

Delegué mi comunicación.

Contraté a una persona para que publique lo que, cuando tenga ganas, quiera decir.

Revisaré redes solo cuando esté trabajando frente a la computadora.

Pondré horarios.

Y trabajaré para recuperar el control.

El control que, hasta ahora, nunca tuve.

 

Gran abrazo.

Fede Gallardo.

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