Navidad, un punto de partida

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En pocos días, según la tradición cristiana, se conmemora el nacimiento de Jesús de Nazaret. Su natalicio fue tan importante para la historia de la humanidad que, para quienes creemos en esta tradición, la historia misma se dividió en dos: antes y después de Cristo. Hay un quiebre. Un punto de partida.

Jesús sale de la panza de su Madre para llegar a este mundo. Deja un estado para ingresar en otro. Y es en ese nuevo estado donde alcanza su máximo potencial como hombre, como ser humano, para luego pasar a otro más. Pero mientras estuvo acá -durante 33 años, en este mismo plano físico que vos y yo podemos ver, sentir y experimentar hoy- fue quien estaba destinado a ser. Aceptó su misión, se hizo cargo y encarnó cada una de sus palabras.

Hoy, mientras la lluvia cae a lo lejos, sobre las montañas, pienso en qué partes mías están siendo invitadas a nacer de nuevo. Como si estas épocas me llamaran a renacer, a volver a ese estado primario, casi como en la panza de mi Madre, y entender que siempre existe una nueva oportunidad para que nazcan otra vez aquellas partes de mí que quiero seguir transformando.

¿Qué requiere de mí un nuevo estado?
¿Puedo identificar las partes de mí que deseo que renazcan?
¿Tengo la humildad suficiente para detenerme y reconocer que hay muchas cosas que aún puedo mejorar?

¿Qué necesito para renacer?
¿Será pedir perdón?
¿Será reconocer mi parte en un vínculo?
¿Será aceptar que soy imperfecto y que me equivoco como cualquier ser humano?

¿Qué me traba para avanzar al siguiente nivel?
¿Será mi orgullo?
¿Será mi necesidad de tener razón?
¿Por qué me cuesta tanto mostrarme vulnerable y reconocer que me equivoqué?

¿Qué es nacer de nuevo, si no es animarme a ir a las profundidades de mis heridas y abrazarlas?
¿Por qué me escondo y dejo para más adelante el trabajo que sé que tengo que hacer conmigo mismo?

¿No será la Navidad una gran oportunidad para renacer?
¿No será este el momento de dejar a los pies de la cuna todas aquellas cosas que quiero volver a mejorar, a Aquel que justamente vino a hacer nuevas todas las cosas?

Resuena en mí la voz silenciosa de la Madre María: ¿Si no es ahora, cuándo?

Gran abrazo
Fede

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