La inteligencia artificial
Parecería que todo, poco a poco, va perdiendo su corazón.
Que los versos de las canciones y los renglones de una poesía se van rindiendo, lentamente, a la digitalización.
Ya no quedan dedos manchados de tinta, ni hojas arrugadas por lágrimas de dolor.
Nos estamos convirtiendo en máquinas, mientras las maquinas, lentamente, se están convirtiendo en nosotros.
Vamos perdiendo la emoción, enterrándola debajo de una sonrisa vacía.
Fingiendo demencia… o peor: fingiendo ser humanos.
Como si ya no pudiéramos tolerar lo que sentimos.
Si hay tristeza, angustia o dolor, lo maquillamos para que sea agradable para el otro.
Escritores, ¿que nos pasó?
Todo tiene filtro. Todo lo pasamos por la inteligencia artificial.
Hoy cualquiera “escribe”: tira un prompt, hace un copy-paste y listo.
A contar likes. A buscar clientes. A ver quién nos aplaude.
Y nos quedamos ahí, queriendo demostrarle a no sé quién lo importante que somos. Nuestro ego ríe como el Guasón y el juego siempre pide más.
Y mientras tanto, todo, sigue perdiendo su corazón.
Están matando, y lo están logrando, la pausa de la conexión.
El silencio sagrado de la escritura.
La hoja en blanco ya no da pánico ni duele como antes, porque en milésimas de segundos una maquina te regala palabras sin sangre, sin alma y sin amor.
Me pregunto a dónde vamos en esta cultura de querer ser vistos, aplaudidos, aprobados. En esta necesidad desesperada de mostrarse para ser reconocido.
Porque son pocos los valientes que no necesitan del otro para validarse.
Porque somos los menos los que todavía, a puño y letra, elegimos escribir en papel una reflexión sobre los tiempos de hoy.
Recuperaré, poco a poco, mi corazón de escritor.
Mientras todo lo demás, poco a poco, lo irá perdiendo.
Porque así soy: contra corriente.
Y enalteceré la bandera de los que creemos que sentir vale la pena.
De los que entendemos que vivir con el corazón en la mano no es un podcast de turno.
Ya te hablaré más de esto, cuando nos encontremos entrelazados entre lágrimas de emoción y llantos de dolor.
Porque hoy, me sobran los motivos para conectar con mi escritor.
Y es que ya no hay más desamor.
Sino ilusión.
Fede











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